La ciencia ficción siempre ha sido un terreno fértil para la especulación, y aunque no tenemos ninguna evidencia científica contundente que demuestre la existencia de vida extraterrestre inteligente y mucho menos, que nos visiten aquí en la tierra. Libros como “Contact” de Carl Sagan, o “Rendevous With Rama” y “Space Odyssey” de Arthur C. Clarke, nos permiten especular con base al conocimiento científico que tenemos (o al menos el que se tenía cuando se escribieron esos libros), las muchas posibilidades en las que se podría desarrollar la vida extraterrestre.

Es precisamente en “Space Odyssey” donde C. Clarke lleva a cabo un interesante ejercicio especulativo que traemos para ti. En el capítulo 34 de “Space Odyssey”, llamado “ Concerning E.T.’s”, Clarke plantea tres hipótesis interesantes respecto a la posible fisiología de la vida extraterrestre. En la narración de la novela, la raza humana se siente muy próxima a un encuentro con seres inteligentes de otro planeta, por lo que las mentes más brillantes comienzan a hacerse preguntas respecto a los rasgos fisiológicos propios de estas inteligencias desconocidas. Es entonces cuando Clarke lanza las siguientes hipótesis.

  1. Por un lado estarían aquellos científicos más conservadores, que afirmarían que los seres extraterrestres deberían tener una fisiología bastante similar a la humana. Pues el diseño de dedos, piernas, dos brazos, y principales órganos sensoriales de superior calidad, constituyen un diseño tan básico y eficiente que resulta difícil encontrar uno mejor. Desde luego, habría pequeñas diferencias como la de seis dedos en lugar de cinco, piel o cabello de color extraño, y peculiares rasgos faciales. Pero la mayoría de los extraterrestres inteligentes, según esta veta especulativa, serían tan similares al hombre, que podría confundírseles con él, con poca luz o a distancia.

Este línea argumentativa supone que el diseño del cuerpo humano es casi tan perfecto, que en todo el universo no podría encontrarse otro mejor, y si acaso hubiera vida inteligente fuera de la tierra, dichas formas de vida tendrían que encaminarse a este mismo diseño corporal, de lo contrario, serían formas de vida deficientes.

  1. Por otro lado, estarían los científicos que, motivados por el riesgo, afirmarían que dichos seres no se parecerían en nada a nosotros. Pues el cuerpo humano es el resultado de millones de selecciones evolutivas, efectuadas por azar en el curso de períodos geológicos prolongados. En cualquiera de estos incontables momentos de decisión, el dado genético podría haber caído de diferentes maneras, quizá con mejores resultados para ellos. Pues el cuerpo humano es una singular pieza de improvisación, lleno de órganos que se habían desviado de una función a otra, no siempre con mucho éxito y que incluso el cuerpo de esos seres extraterrestres podría carecer de órganos innecesarios como el apéndice.

Esta visión supone que las leyes científicas serían válidas no solamente dentro de la tierra, sino en el universo entero y que la vida, ya sea terrestre o extraterrestre debería regirse por las mismas leyes evolutivas con las cuales hemos explicado el diseño de la vida humana.

  1. Pero existe una tercera posibilidad: la tecnológica. Para C. Clarke existe una tercera vía en la que estos seres inteligentes evolucionados no tuvieran propiamente un cuerpo orgánico. Más pronto o más tarde, al progresar su conocimiento científico, se desembarazarían del cuerpo, propenso a las dolencias y a los accidentes. Superando así, incluso el desgaste “natural” de su cuerpo y órganos. En esta línea especulativa, las inteligencias extraterrestres podrían reemplazar su cuerpo natural a medida que se desgastasen —o quizás antes— con construcciones de metal o cualquier otro material, logrando así la inmortalidad. El cerebro podría conservarse como último resto del cuerpo orgánico, dirigiendo sus miembros mecánicos y observando el universo a través de sus sentidos electrónicos…sentidos mucho más finos y sutiles que aquellos que la ciega evolución pudiera desarrollar jamás.

Esta última posibilidad parece asemejarse al gran proyecto transhumanista defendido por muchos teóricos en la actualidad, y según el cual la mejora de la vida humana es posible mediante la intervención tecnológica del cuerpo.

Asumiendo que estamos parados en el terreno de lo especulativo, la obra de Clarke muestra con claridad lo difícil que resulta no proyectar nuestras categorías humanas sobre otras formas de vida conocidas o desconocidas. Parece ser que estamos, en lo que respecta a estos temas, sujetos a nuestra propia prisión antropomórfica de la que resulta sumamente difícil salir, y que limita la comprensión que podemos tener sobre otras formas de vida, ya no extraterrestres, sino propiamente terrestres como otros animales no humanos: pulpos, murciélagos, insectos o plantas.

Hablando de pulpos, el documental de Netflix “Mi maestro el pulpo” explora magníficamente esta situación, en la que un hombre y un pulpo, dos mentes completamente disímiles, intentan comprenderse mutuamente.

Considéralo una recomendación Filth.

¿Tú qué piensas? ¿Cuál de estas tres opciones planteadas por Clarke te parece más plausible? ¿O es que acaso tienes otra en mente?

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