La versión más potente del Horror es aquella que se extiende al ámbito de todo lo posible, que trasciende las expresiones estéticas, morales, emocionales y psicológicas, para instaurarse en el ser de las cosas: la totalidad.


A diferencia de otros horrores, localizables, concretos, distinguibles, el Horror Metafísico se extiende a la totalidad del mundo. Y es precisamente en su condición de Totalidad, de indiferencia ante lo concreto, que nuestros deseos, esperanzas y miedos, son un grito ahogado ante la hostilidad del cosmos: las pandemias avanzan, las catástrofes naturales ocurren, las hambrunas -pese a nuestra intervención- son inacabables, y nuestros seres queridos mueren, así como en algún momento lo haremos nosotros. La existencia continúa en un ciclo interminable de vida y muerte. Pero desde la perspectiva de la Totalidad, mi muerte, nuestra muerte, o mil millones de muertes son idénticas. A escalas cosmológicas nada importa.


El universo es indiferente a nuestros gritos y lamentos. Esta “Indiferencia del mundo” (Gleichgültigkeit der Welt), según explica el filósofo polaco Leszek Kołakowski, es el origen mismo del horror metafísico. Horror que constantemente intentamos superar mediante la creación de mitos y tecnología. Los mitos nos tranquilizan momentáneamente, nos protegen ante el horror inminente de la muerte. Como explica Minor E. Salas: “Este proceso de aplacamiento, de ataraxia, de ofrecer tranquilidad y serenidad en momentos críticos y noches oscuras, es lo que también permite que el mito sea el principal artilugio de la cultura para posibilitar la cooperación y la convivencia social en grandes grupos humanos”.


Por su parte, la cultura tecnológica también busca superar la tortuosa y espantosa indiferencia del mundo: “nos permite apoderarnos del mundo a la manera de un botín, pero no suprime verdaderamente su indiferencia; el domeñamiento de las cosas es sólo aparente, el sentimiento del encuentro con la naturaleza en intercambio mutuo es tan ilusorio como el amor de un necrófilo. La naturaleza obedece sólo al hombre en su indiferencia, no en reciprocidad. El mundo, que está tan completamente lleno por las huellas de nuestras intervenciones tecnológicas, este mundo aparentemente humanizado, marcado en todos sus ángulos por la intensidad de nuestras intervenciones, comienza a aparecernos de nuevo como una pesadilla «(Kolakowski, 1999, 79).


Al final, todos los intentos por vencer la “Indiferencia del mundo” han fracasado. No somos más que lágrima viva, llanto sacudido, migajas en un universo material que se expande cósmicamente: “lo más sencillo sería decir que huimos ante el sufrimiento. Pero… eso ante lo que huimos, es la experiencia de la indiferencia del mundo, y los intentos de superar esa indiferencia forma el sentido central del combate humano con el destino en su cotidianeidad y en sus extremos” (Kolakowski, 1999, 75-76).

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