En la obra literaria, escrita por Peter Blatty, el padre Lankester Merrin le dice al padre Damien Karras:


“Yo creo que el objetivo del demonio no es el poseso, sino nosotros…los observadores…cada persona de esta casa. Y creo…creo que lo que quiere es que nos desesperemos, que rechacemos nuestra propia humanidad, Damien, que nos veamos, a la larga, como bestias, como esencialmente viles e inmundos, sin nobleza, horribles, indignos”.


Blatty nos pone directamente ante un dilema teológico: ¿Cuál es el objetivo del demonio en una posesión demoníaca? ¿El poseso o las personas que le rodean? Por su parte, Carol Clover convierte esta misma pregunta teológica en una inquietud narrativa: ¿Qué historias nos cuenta una posesión demoníaca? ¿Quiénes son los protagonistas, el poseso o las personas que le rodean? Esta pregunta narrativa no solamente aterriza las inquietudes teológicas de Blatty, sino que además permite a Clover llevar a cabo el despliegue de un enmarañado análisis respecto al papel que juegan los roles de género en las películas y las novelas de posesión.


Se suele pensar que el protagonista de las historias de posesión es siempre el poseído (en la mayoría de los casos mujeres), pero como afirma el padre Merrin: “el objetivo del demonio no es el poseso…sin los observadores”. De modo que, el interés psicológico de las películas de posesión está centrado en el dilema público y privado que viven los testigos, especialmente los personajes masculinos como sacerdotes, pastores, novios, esposos o amigos, que se ven obligados a cuestionar sus sistemas de creencias debido a la irrupción de un fenómeno inexplicable, preguntándose si acaso vale la pena seguir adheridos a los cánones tradicionales de racionalidad o si acaso deben ceder ante lo irracional.


En este sentido, a pesar de la relevancia que acaso pudiera tener la historia de Regan en “El exorcista”, el foco central de la historia, tanto en su versión fílmica como literaria, recae en el conflicto psicológico que vive el padre Damien Karras, la tortuosa relación que tuvo con su madre, la culpa, y la incesante búsqueda de una figura paterna que al final pareció encontrar en el padre Lankester Merrin. La niña poseída, Regan, es solo el motivo que catapulta la historia principal, la del padre Damien.


Cuando la película inicia el padre Karras se encuentra en un duelo espiritual interno y en una acentuada crisis de fe que le ha llevado casi a la exclusión voluntaria de su vida religiosa y académica. Cuando por fin conoce el caso de Regan, debe enfrentar su falta de fe y cuestionarse sus supuestos empíricos adquiridos durante su formación científica, pues el padre Karras no solamente es un teólogo, sino también un psiquiatra.


Durante su enfrentamiento con el demonio, Karras se reconcilia con su fe. Se da cuenta que no hay mejor manera en la que Dios puede mostrar su existencia que revelar la presencia de un demonio. Durante el exorcismo, el demonio frecuentemente le echa en cara el tema de la muerte de la madre y cómo él no estaba allí para verla morir, su falta de fe y su aparente homosexualidad. Las palabras del demonio golpean directamente el núcleo emocional del padre Karras.


Como lo deja ver la cita de Blatty al principio de este texto, la historia de Regan solamente adquiere valor en tanto afecta la vida de otros, especialmente el espíritu atormentado de Karras. Por tanto, el eje central de “El exorcista” no es el cuerpo femenino y su grotesca transformación, sino la huella que deja dicha transformación en la psicología del personaje masculino. La mayoría de las películas sobre posesión demoníaca nos muestran a un hombre en crisis, forzado por las circunstancias a cuestionar los mandatos de la racionalidad, pero también la realidad de sus propios sentimientos y su reconciliación con otros personajes como su madre, hermana, novia, familiares, padre e hijos, así como consigo mismo.


Carol Clover señala un patrón interesante en el desarrollo de los personajes masculinos y femeninos en las películas de posesión demoniaca. Mientras la figura femenina traza un círculo, vuelve a ser aquello que era al principio (el demonio sale de su cuerpo y vuelve a ser la madre, hija o hermana que siempre fue), el personaje masculino traza una línea ascendente, convirtiéndose en algo completamente diferente a lo que era en un principio. Este cambio no solo es interno, sino además público (todos saben que ha cambiado) y en apariencia, permanente. En otras palabras, el personaje masculino central en la historia emerge como un individuo completamente nuevo, que ha pasado de una masculinidad en crisis, vieja y conflictiva, a una masculinidad nueva y reconciliadora. Algo enteramente distinto al personaje femenino poseído, el cual no se caracteriza por su evolución sino por su regresión al estado que se encontraba al principio.


Así pues, en “El exorcista”, lo masculino únicamente puede ser redefinido a través de la yuxtaposición de lo femenino. A partir de la transformación del cuerpo femenino, la masculinidad puede encontrar su propia evolución y reconciliación.

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