Desde finales del siglo pasado, pensadores y filósofos, han señalado que el análisis de las sociedades contemporáneas no puede abarcarse únicamente desde el concepto de “vigilancia” y “control” que propuso Michel Foucault. El problema es que las dinámicas de “vigilancia” y “control» no permiten entender completamente los mecanismos de explotación en las sociedades contemporáneas, caracterizadas por el consumo desmedido y la hipercapitalizanción. Pero sobre todo, se les escapa por completo la estructura de poder y coacción que hay en la proclamación neoliberal de la libertad.

En una sociedad cuyo principal mandato es la eficiencia y la productividad, filósofos como Byung-Chul Han propusieron acuñar el término: “sociedades del rendimiento”, para desenmascarar la estructura coactiva tras la aparente libertad del individuo, que ya no se entiende como sujeto sometido, sino como desarrollo de un proyecto.

En esta sociedad de autoexplotación, cada persona debe cuidar de su vida, de su éxito propio, producción y rendimiento. Las exigencias y demandas de la sociedad hipercapitalizada nos imponen una serie de objetivos y creencias que nos esforzamos por justificar y alcanzar: “yo puedo”, “yo debo estar a la altura”, “yo debo conseguirlo a costa de lo que sea”, son nuevos mandatos de explotación en una sociedad que busca siempre la sobreproducción y la constante generación de ganancia y capital.

Byung-Chul Han 2014

Una de las principales características de las sociedades del rendimiento es el dominio total del verbo modal “poder”, en contraposición a las sociedades de la disciplina y control centradas en la prohibición y el “deber”. La afirmación, altamente difundida en las sociedades contemporáneas: “tú puedes” oculta un preocupante mecanismo de explotación.

Para Byung-Chul Han, vivimos en una sociedad que promueve la idea de libertad y bienestar. Pero perdemos de vista que somos nosotrxs mismxs quienes nos exigimos, en un estado de constante demanda, llegar siempre a aquello que se nos ha dicho es el objetivo de la vida: la producción. Nuestra prioridad es estar activos, realizar jornadas interminables que nunca nos dejan la sensación de ser lo suficientemente productivos, y alcanzar estándares de calidad, a menudo muy por encima de las posibilidades reales.

El sujeto del rendimiento, como empresario de sí mismo, se siente completamente libre. Pues piensa que no está sometido a ningún otro que le mande y explote. No se da cuenta que ahora el explotador es también el explotado. El régimen neoliberal esconde su estructura coactiva tras la aparente libertad de las personas, que ya no se entienden como personas sometidas, sino como desarrollo de un proyecto.

La llamada a la motivación, a la iniciativa, al proyecto, resulta más eficaz para la explotación que el látigo y el mandato, pues la coacción propia es más fatal que la coacción ajena ya que no es posible ninguna resistencia contra nosotrxs mismxs. Así, unx se explota a sí mismx, haciendo posible una nueva forma de explotación sin dominio. Por tanto, el sistema prevalece a costa de la autoexplotación: el sujeto del rendimiento es la última conquista del capital.

Sin embargo, cuando el proyecto de nuestras vidas no se cumple a cabalidad, deviene la depresión y el agotamiento. Quien fracasa es, además, culpable y lleva consigo esta culpa dondequiera que vaya. No hay nadie a quien pueda hacer responsable de su fracaso. Tampoco hay posibilidad alguna de excusa y expiación, solamente la culpa y el cansancio prevalece.

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