En las elecciones del 2016, Donald Trump llegó a la presidencia de Estados Unidos. Y lo hizo a partir de la utilización de un recurso con el cual ahora, en el 2020, estamos bastante familiarizados: el “bullshit”. Es posible que no conozcas el término a fondo, pero seguramente sí que estás familiarizado con él.


Usualmente nuestras proposiciones se asumen como teniendo un valor semántico en términos de verdad o falsedad. Es decir, aquello que queremos comunicar posee la cualidad de poder ser considerado falso o verdadero. Cuando queremos ser honestos nos esforzamos por decir cosas verdaderas, pero cuando queremos engañar o disuadir a alguien solemos decir cosas falsas. Esto último, decir cosas falsas, conlleva una carga moral con la que el hablante debe lidiar. Aunque dada la historia y situación política de nuestro país, es bien sabido que la clase política tiene la peculiar habilidad de mentir sin sufrir consecuencias morales o en el mejor de los casos, comparecer ante la justicia.


Pues bien, el “bullshit” no busca, ni siquiera, llegar a ser mentira. No conlleva la pretensión de ser verdadero o falso. Su único objetivo es enturbiar la conversación, impedir el debate, imposibilitar el diálogo. Si viste los debates entre Trump y Biden seguro recordarás muchos momentos como éste.


En 1986, el filósofo de Princeton Harry Frankfurt, escribió un ensayo llamado “Sobre el bullshit” donde se ocupó detenidamente de este concepto. Recientemente, los profesores Carl Bergstrom y Jevin West abrieron un curso en la Universidad de Washington sobre este tema: “Calling Bullshit in the Era of Big Data”. El cual puedes seguir en línea.


Pero volviendo a la definición de “bullshit”. En su ensayo, Frankfurt señala que la analogía en la que este recurso retórico se equipara con la mierda es bastante adecuada. Pues, así como el excremento carece de cualquier elemento nutritivo, de la misma manera el “bullshit” carece de información útil y relevante, pues su único objetivo es manipular las opiniones y las actitudes de los oyentes.


Mientras el mentiroso todavía se mueve dentro de los valores de verdad y falsedad, el “bullshiter” considera que la verdad y la falsedad son completamente irrelevantes. Por eso Frankfurt señala que la esencia del “bullshit” no es la mentira, lo que le distingue de las “Fake News”, sino la farsa (phony). El “bullshiter”, aquel que dice “bullshit”, no está interesado en afirmar o negar un estado de cosas, sino en modificar e influir en las creencias que los oyentes tienen respecto a ese estado de cosas.


Así pues, mientras que el mentiroso es capaz de reconocer la verdad, aunque sea para negarla, el “bullshiter” es un personaje completamente indiferente a la realidad y el contexto en el que se afirman ciertas proposiciones. Porque la realidad, así como la verdad y la falsedad, no le interesan, solo le importa manipular las creencias y actitudes de quienes le escuchan.


Para mentir es necesario, al menos, reconocer que existe algo verdadero. El “bullshiter” ni siquiera tiene esa convicción. Solo busca manipular e influir a partir del uso de ciertos elementos retóricos. Desafortunadamente, una de las características más prominentes de nuestra cultura es el exceso de “bullshit”. Lo podemos encontrar en todas partes: en la política, en la academia, en las relaciones personales, en todos los lados.


Tú, ¿conocer a un “bullshiter”?