Para Stephen King el terror está al servicio del status quo. Su función consiste en mostrarnos las cosas malas que pasan cuando se transgreden las normas. Puede ser que King tenga razón. Si lo pensamos bien, muchas narrativas de terror son políticamente represivas, véase como ejemplo el cine Slasher de los 80, acusado constantemente de castigar a las mujeres adolescentes que tienen el “atrevimiento” de gozar de una vida sexual activa. La figura de la final Girl, a decir de Carol Clover, ha sido creada para satisfacer los deseos y necesidades masculinas exclusivamente. Hablar de la Final Girl como una heroína feminista sería -para Clover- un sinsentido.

Incluso, el horror cósmico de Lovecraft es esencialmente xenófobo: los monstruos, dada su actitud hostil hacia la humanidad (blanca por lo general), representan al “Otro depredador” y movilizan el imaginario negativo de las entidades político-sociales que amenazan el status quo. El Queer Horror representó la disidencia sexual de la manera más patológica y monstruosa. Películas como Rabid (de nuestro amado Cronenberg) hacen una descripción casi sifilítica de la sexualidad femenina. Otras narrativas de terror y Sci-Fi como “The Invasion of the Body Snatchers”(1956), “The Thing from Another World (1951)”, “It Came from Outer Space (1953)” y “The War of the Worlds (1953)”, sirvieron de propaganda anticomunista durante la Guerra fría.

Para Stephen King: “…la ficción de terror es en realidad tan republicana como un banquero en un traje con chaleco. Desde el punto de vista del desarrollo, la historia es siempre la misma. Hay una incursión en territorios tabú, hay un lugar a donde no se debe ir, pero se va, […] Y dentro, ocurren las mismas cosas: ves al tipo con tres ojos, o a la mujer gorda o al hombre esqueleto o a Mr. Eléctrico o lo que sea que haya. Y cuando sales dices: Bueno, no soy tan malo. Estoy bien, mucho mejor de lo que pensaba. El terror tiene el efecto de reafirmar valores, reafirmar la propia imagen y nuestros buenos sentimientos acerca de nosotros mismos.

“La monstruosidad nos fascina porque llama al republicano que llevamos dentro. Amamos y necesitamos el concepto de monstruosidad porque es una reafirmación del orden que todos ansiamos como seres humanos…, y permítanme sugerir además que no es la aberración física o mental en sí misma la que nos aterra, sino más bien la falta de orden que esas situaciones parecen implicar”

El terror puede ser tan conservador que una de sus narrativas más recurrentes es la narrativa “normal-anormal- normal”. El filósofo Noel Carroll identificó esta estructura narrativa básica en el cine de terror, para señalar que el relato de terror puede concebirse como una defensa simbólica de los estándares culturales de normalidad, y que emplea lo “anormal” únicamente con el fin de mostrarlo vencido por las fuerzas de la normalidad.

La estructura es la siguiente:

1) normalidad: un estado de cosas en el que nuestro esquema ontológico-valorativo permanece intacto.

2) La interrupción: aparece un monstruo que sacude los fundamentos mismos del mapa cognitivo de la cultura, una ofensa que puede percibirse como inmoral/anormal.

3) Enfrentamiento y derrota del ser anormal: se restaura el esquema cultural mediante la eliminación de la anomalía y el castigo de sus violaciones al orden moral.

La persistencia del terror puede explicarse en términos de represión, pues son ficciones que siempre proyectan simbólicamente temas ideológicamente represivos: “esto pasa si transgredes la norma”. El terror excluye de nuestro mapa cognitivo todo aquello que califica como “anormal” o “antinatural” en un sentido ontológico como valorativo. Reafirmando inevitablemente el status quo.

¿Tú qué piensas? ¿Crees que el terror es necesariamente represivo o por el contrario, que existe algún tipo de subversión en sus narrativas? Nosotrxs pensamos que para trasgredir la norma primero hay que reconocerla. Y que la ambigüedad inherente al terror es más compleja que la acusación de “defensor del status quo”.

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