“The Batman”, de Matt Reeves, es una película que bien pudo haber sido dirigida por David Fincher, la atmósfera es una notable remembranza de “Seven” (1995) y “Zodiac” (2007), con una pizca de James Wan (“Saw”, 2004). Y a diferencia de otras entregas de la franquicia, el Batman de Reeves (Robert Pattinson) es un vigilante ensimismado, melancólico y atormentado, que observa Ciudad Gótica desde lo alto mientras al fondo suena “Something in The Way” de Nirvana. Por momentos, la imagen de Bruce Wayne se vuelve indisociable de la figura melancólica de Kurt Cobain que, de manera premonitoria, canta dolorosamente: “Hay algo en el camino”.

La fotografía de Greig Fraser (Dune, 2021) es encomiable. Pero lo que más celebramos es la deconstrucción de Bruce Wayne. En más de una ocasión la película pone en entredicho la situación privilegiada en la que vive el millonario vigilante de Ciudad Gótica. En una notable línea, Catwoman le menciona a Batman lo evidente que resulta su situación privilegiada y el hecho de que nunca ha pasado hambre. El dolor que Bruce sufrió al quedar huérfano también se ve enturbiado por el privilegio: otros han quedado huérfanos sin las carteras de acciones de sus padres. En otro momento, el guión de Reeves y Bill Finger deja entrever la poca empatía que Bruce (desde su condición) siente hacia Alfred, al cuestionar el lugar de este último dentro de la familia Wayne.

Reeves dibuja un Bruce que vive en el privilegio y que es cuestionado por ello continuamente. Así, Batman no solo tiene que enfrentarse contra los criminales de Gótica, sino también contra su propia condición privilegiada. Bruce Wayne es un hombre blanco multimillonario, heterosexual, bien vestido, heredero de una de las familias más acaudaladas de Ciudad Gótica. Cuyo superpoder – como señala Diane Nelson, directora de DC Comics- es el privilegio blanco: “Si Bruce Wayne hubiera nacido al sur de Chicago, criado por una madre soltera y un padre en la carcel, no habría forma de que pudiera pasar tanto tiempo deteniendo a criminales con tecnología de punta y vehículos motorizados”.

Reeves parece llevar a “The Batman” a los territorios oscuros de la crítica social y la estructura de privilegios sobre la que se sostiene la corrupción y la injusticia. Pero, desafortunadamente no lo hace del todo. Justo cuando intenta tocar las fibras más sensibles del privilegio, por algún motivo decide hacerse para atrás y optar por la ambigüedad. En el fondo “The Batman” es un reflejo de lo poco acertada y aguda que se vuelve la “contracultura” cuando es administrada por la industria del entretenimiento.

En “The Joker” (2019) de Todd Phillips, la duda y la condena se imponen sobre la figura de Thomas Wayne, Padre de Bruce Wayne. Y se le muestra como un millonario poco empático con la clase trabajadora, que desde su situación de privilegio menosprecia las necesidades y deseos de los sectores más pobres de la sociedad. Todd Philips tiene el mérito de ser frontal en esta crítica al multimillonario blanco que desea hacer carrera política, y por ese motivo “The Joker” es una aguda revisión de la sociedad contemporánea, la lucha de clases y las políticas públicas.

Sin embargo, “The Batman” no termina de concretarse en este aspecto. Justo cuando Reeves parece llevarnos a los pantanosos territorios de la crítica social dirigida a la figura del multimillonario blanco que ha amasado su fortuna a costa de lo que sea, incluso recurriendo a la ilegalidad para consolidar su carrera política, decide ser menos franco y optar por la ambigüedad. Como si el privilegio no pudiera ser tocado del todo, para no afectar la integridad moral del héroe.

Mientras Bruce va desentrañando los misterios de The Riddler, también comienza a desentrañar su propia identidad y a cuestionar su mitología fundante. Sin embargo, Reeves prefiere dejar esto en la ambigüedad (o al menos a decisión del espectador), si “The Batman” hubiera explorado la idea de Bruce como producto del privilegio inequitativo de Thomas Wayne, la película nos podría haber dejado algunas ideas políticas sustanciosas para discutir. Desafortunadamente, no fue así. «The Batman» es una película donde el privilegio es trastocado, pero en la que todavía sobreviven los vestigios de un viejo orden social en el que ciertas figuras no se tocan, en donde ciertos privilegios permanecen incólumes. Donde la pulcritud moral sigue siendo la condición fundamental del héroe.

“The Batman” parece, solo parece, deconstruir al héroe en su dimensión más humana, imperfecta y falible. En el fondo, pese a lo que podríamos juzgar como sus intenciones, es otra idealización más de la figura heroica. Lo que nos hace preguntarnos ¿acaso necesitamos más héroes idealizados o por el contrario, requerimos de figuras humanas que en su imperfección luchen por las causas que consideran justas? ¿por qué se debe permitir que Bruce (o la audiencia) piense que su sufrimiento lo convierte en una figura comprensiva?

La industria nos intenta vender un modelo de heroicidad que recoge la crítica social que se hace desde los sectores menos favorecidos, porque claro, eso resulta redituable según las demandas de la sociedad actual. Aunque al hacerlo vacía a estas mismas críticas de todo contenido y alcance.

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