The menu: del concepto a la autodestrucción en las sociedades de consumo

"The Menu" nos ofrece un abordaje diferente, centrándose principalmente en la dinámica social de las clases privilegiadas en torno al consumo del concepto y del símbolo dentro de la “experiencia exclusiva” que genera la nouvelle cuisine.
Recién lanzada y ya insertada en la creciente ola de películas de crítica social a las clases privilegiadas de los últimos años tales como Parasitos (2019) o la recién ganadora de cannes Triangle of sadness (2022), The Menu (2022) película dirigida por Mark Mylod, nos ofrece un abordaje diferente, centrándose principalmente en la dinámica social de las clases privilegiadas en torno al consumo del concepto y del símbolo dentro de la “experiencia exclusiva” que genera la nouvelle cuisine; una cocina que da mayor importancia a la presentación y la conceptualización de los alimentos.
A través de géneros como la comedia negra, el suspenso y el horror se va hilando una siniestra historia sobre un grupo de personas que se traslada en yate a un restaurante exclusivo ubicado en una isla, gente de los sectores más privilegiados de la sociedad se sumerge en la atmósfera claustrofóbica de un restaurante de puertas gigantes y cristales templados, pasando por locaciones de imágenes atrapantes como lo son; una especie de granero lleno con carne maloliente o un cuarto repleto de camas idénticas y perfectamente ordenadas. La cinta es una increíble sátira a la nueva generación de consumidores de lo intangible, de la cual podemos rastrear sus orígenes en los estudios del filósofo y sociólogo francés; Jean Baudrillard. The Menú, resulta ser una clara representación del caótico metaconsumo de experiencias como producto de una funmorality. ¿Cuál es el límite del concepto en el consumo ficcionado de experiencias exclusivas?.
Vivimos en la época donde las cosas en sí mismas han ido perdiendo la característica de la funcionalidad. La producción de bienes y objetos se ha bifurcado entre; la producción en serie, la cual es consumida principalmente por las periferias, y la producción exclusiva y distintiva; consumida por los pequeños círculos de las sociedades adineradas. Lo exclusivo no hace referencia únicamente a la cantidad y originalidad de un objeto, ya que los objetos no son lo único que se puede poseer. Hoy en día, la posesión física de los bienes se ha derramado para dar paso al consumo de las experiencias, las cuales también se han transformado, ya no hablamos solamente de la experiencia de viajes o de la comodidad de los transportes, sino de nuevas experiencias exclusivas, originadas principalmente en ámbito del arte, cada vez más raras, que conforme más se consumen, más se necesitan.

Baudrillard nos habla de una época en la que el consumo supera a la producción en forma de primacía casi ontológica, ya que “el hombre moderno pasa cada vez menos parte de su vida en la producción del trabajo y cada vez más en la producción e innovación continua de sus propias necesidades y de su bienestar”.(Baudrillard 142) Dicha “producción de nuevas necesidades” alberga sus orígenes en nuevos modos de consumo y nuevas maneras ideológicas, tales como los son: el metaconsumo o la funmorality. El metaconsumo, según Baudrillard, va más allá de la ostentación barroca y encuentra su refugio en el símbolo, el cual dará un estatus de prestigio a quien lo porte. Se trata de un consumo discreto y reservado, una diferencia más sutil, más minimalista en el aspecto visual pero igual de distintiva frente a los grupos sociales que las ostentaciones barrocas. Este minimalismo extremo puede llegar incluso a la nada, a la ausencia total o al vacío.

Concepto y metaconsumo

Bienestar, confort, necesidad y goce son conceptos que ya casi no se diferencian, puesto que pertenecen y son utilizados indiscriminadamente en la misma esfera. En una era de la velocidad como la nuestra, la creación de nuevas necesidades también se ha acelerado, las necesidades “básicas” como lo son el alimento o la vivienda coexisten como otra realidad en un mundo de máxima segregación con los sectores más privilegiados, quienes pasaron rápidamente del consumo de necesidades al hiperconsumo y de este al metaconsumo. El cual emerge de la insaciable necesidad de nuevas necesidades y nuevos goces, que según Baudrillard, son creadas y consumidas por las clases privilegiadas para distinguirse y seguir generando nuevas formas de diferenciación social.
En La Sociedad de Consumo (1970) Baudrillard expone: “El espacio y el tiempo, el aire puro, los espacios verdes, el agua, el silencio… Ciertos bienes, que alguna vez fueron gratuitos y estuvieron disponibles en profusión se convierten en bienes de lujo accesibles solamente a los privilegiados” (Baudrillard 109). Actualmente, este metaconsumo de nueva privatización que se autonombra bajo palabras como “lo reservado” o “lo exclusivo” ha adquirido nuevos tintes, llegando a explorar principalmente los ámbitos de lo artístico-conceptual y buscando el consumo de experiencias calificadas como raras o inusuales.
¿Qué hay más exclusivo que poder saborear un ecosistema entero en un platillo realizado por un cotizado chef, además de cenar al lado de un famoso actor y de una crítica culinaria altamente reconocida?. En The Menu, la mayoría de lxs comensales parecen estar acostumbradxs a este tipo de experiencias privilegiadas, menos Tyler (Nicholas Hoult) un fanático y conocedor de la nouvelle cuisine, quien parece estar cumpliendo un sueño por primera vez. Es un personaje que refleja claramente la importancia del estatus que le puede brindar el consumo de una experiencia; podemos ver reiteradamente a lo largo de la película que Tyler busca fotografíar los alimentos pese a que estaba prohibido, este acto, desplaza el valor de la comida misma como alimento por una imagen que deviene símbolo. Sin embargo ¿no es ahora la imagen de algo ese mismo algo?, la comida ha perdido bajo la premisa de generar experiencias, el sentido de la misma.
No es solamente la imagen de la comida lo que la ha desplazado, sino el juego conceptual de la experiencia artística llevado al extremo, podríamos pensar incluso en un “metaconsumo de la ausencia” que nace de un metaconsumo del concepto. Pensé en la posibilidad de consumir la ausencia, tras la escena del pan. En la película, cada platillo es introducido por el chef Slowik (Ralph Fiennes) con una pequeña narración, la cual funciona creando una atmósfera inmersiva que forma parte de la experiencia artística, por ello pasamos de conceptos como “comer” a “degustar”. Para introducir el platillo de pan sin pan (el cual consta únicamente de dips para pan) da un discurso sobre la historia del pan y su relación con el proletariado y el hambre, por ello es que no sirve pan a lxs comensales privilegiados que visitan su restaurante, lo que demuestra que el concepto funciona aún en su propia ausencia.
Conforme va presentando más platillos, las narraciones suben de tono, muchxs de lxs comensales comienzan a alterarse, sin embargo, algunxs tratan de autoconvencerse de que aquello es parte de la experiencia que apela a diversos sentimientos y emociones, tales como: el miedo, la incomodidad o el terror. Como ocurre cuando el chef presenta un platillo que consta de un trozo de carne atravesado por unas tijeras, aludiendo a una historia de su infancia en la que entierra unas tijeras en la pierna de su padre, estos momentos de tensión confunden a lxs comensales, quienes desconcertadxs, se preguntan si lo que están viendo es ficción o realidad. La experiencia alcanza límites extremos en el terreno de lo exclusivo, pues siempre se puede llegar a más, de esta manera se mantiene la puerta abierta, lo cual permite pensar incluso si ¿se puede tomar a la muerte como real en el acto artístico?.

De funmorality a la autodestrucción

El que lxs consumidores actuales puedan consumir lo intangible, significa que el símbolo se ha expandido al concepto, que lleguemos a paradojas en el lenguaje como lo son el platillo de pan sin pan, se debe a un juego entre la apariencia y la experiencia, entre la imagen y el concepto, entre la ficción y la realidad.

La apariencia que reina en las sociedades privilegiadas ligada al prestigio, debe ser continuamente renovada, Baudrillard plantea que en estos gremios exclusivos, predomina una moral de la diversión, que ha pasado a ser una necesidad motivada por la obtención de bienes de lujo a una privatización y diferenciación de lo que antes era un bien general; como lo es el simple acto de comer. La funmorality es una moral gobernada por un miedo, el de “perderse de algo”, perderse de algún goce o de alguna experiencia, las clases privilegiadas quieren vivirlo todo, lo cual las lleva a tener que pagar por el goce, no importa la indeterminación de la experiencia, importa la exclusividad de la vivencia que generará.

¿Qué pasa entonces cuando la experiencia conduce a algo contrario al goce?. En la película, el chef expresa estar harto por tratar de satisfacer a gente que jamás será satisfecha, la experiencia del goce normalmente relacionada con la tranquilidad, el disfrute, la felicidad, se torna en una experiencia de miedo, horror y muerte para lxs comensales. Entre esa gente insaciable, se encuentra Margot (Anya Taylor-Joy) una trabajadora sexual contratada por Tyler para ser su acompañante, quien por no pertenecer a clase privilegiada, es la única que resulta no ser esclava de esta funmorality. Lejos de los rebuscados platillos que se sirven en el restaurante, Margot ordena una cheese burguer, un platillo tan común que hace recordar al chef el propósito de sus creaciones. Frente a la ausencia del pan que representa la insaciabilidad de los comensales, la cheese burger podría ser el nuevo pan del proletariado en las sociedades ultra globalizadas. El acto de comer una hamburguesa, se enfrenta de manera directa a la degustación de los platillos conceptuales, obligadxs a gozar han perdido la capacidad de goce. Margot es la única que reacciona contra el autoritarismo del chef, mientras que el resto de lxs comensales, quedan atrapadxs, inertes, pues ellxs mismxs forman parte de la simulación que se han creado, de la experiencia en donde el concepto no tiene límite. Baudrillard apunta que el consumo acaba en el autoconsumo.

En nuestras sociedades contemporáneas esto sería el equivalente de la frase marxista, la cual establece que el capitalismo caerá por su propio peso. Solo que ahora, en el terreno de la ilusión y la realidad ficcionada, la clase privilegiada ha devenido en un nuevo tipo de “servidumbre voluntaria” del metaconsumo conceptual de las experiencias. Se ha generado una matrix “exclusiva” que así como se autogenera, se autodestruye.

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