“The Northman» es un oscuro manifiesto sobre la naturaleza humana (si acaso existe algo a lo que pueda denominarse “naturaleza humana”), sobre el destino, la fatalidad, la maternidad y la violencia como mandato masculino. Y aunque podría considerarse una obra en apariencia, bastante distinta a las dos anteriores de Robert Eggers: “The Witch” (2015) y “The Lighthouse” (2019). Existe un hilo conductor que entrelaza estas tres películas. No me refiero únicamente a la estética de lo siniestro, el primitivismo humano, las danzas frenéticas, el juego entre luces y sombras, sino a un tema más abstracto y fundamental (creo yo) en la obra de Eggers: el terror de la psique humana.

En “The Northman” los animales son un receptáculo simbólico. La figura del zorro como guía y protector es un recurso utilizado durante toda la segunda parte de la película. Los cuervos, osos y lobos, también funcionan como analogías espirituales de bestias protectoras. Sin embargo, la animalidad no aparece solamente en oposición física de lo humano, sino también como amenaza a la identidad: la obsesión de Amleth (Alexander Skarsgård) por la venganza le aleja de su condición humana y le convierte en una bestia, haciéndole descender a los abismos de su naturaleza, donde la animalidad aúlla, muerde y devora cualquier rastro de sensibilidad y razón.

La bestialidad salvaje de Amleth y demás personajes de “The Northman” nos confronta directamente y nos incomoda, no solo por la vinculación que existe entre la masculinidad y la violencia, sino también por las nociones identitarias que desafía.

La animalidad como monstruosidad

En “The Northman”, lo monstruoso tiene rostro animal. La identidad humana que deviene en violencia y animalidad resulta pavorosa y amenazante, pero esto no se debe a la oposición entre lo animal y lo humano, sino al hecho de que la animalidad es algo que se esconde dentro de nosotros.

Desde el principio Aurvandill, rey y padre de Amleth, inicia a su hijo en una lógica animal basada en la territorialidad, la fuerza y la violencia. En un rito de iniciación, el sacerdote Heimir (Willem Dafoe) hace que Aurvandill y Amleth abandonen su figura humana, que coman en cuatro patas, que aúllen como lobos o perros, que respondan al llamado de la bestia salvaje que llevan dentro.

En esta perspectiva, el animal se presenta como lo extraño, pero ya no simplemente el extraño que debe ser dominado (como pretendieron las diversas formas de humanismos), sino como el extraño devenir que también somos nosotros mismos.

En la Genealogía de la moral, F. Nietzsche identifica los fundamentos de la moral cristiana que consisten en “sacrificar lo viviente”, es decir, en explotar o aniquilar lo animal dentro de lo humano. La moral se configura en torno a esta idea sacrificial: “matar” lo viviente en lo humano, en provecho de una idea abstracta, lo divino. Por tanto, lo humano consiste en “limitar”, “administrar” o “regularizar” este devenir animal: “ser humano” es también “ser sacrificador” del animal que llevamos dentro.

Mientras el discurso del pensamiento moderno va del animal que deviene “cada vez más hombre” a través de la «administración» y el «sacrificio», “The Northman” procede a la inversa, en el sentido de la aceptación de ese devenir que somos –con la caoticidad por momentos indominable que ello supone–.

Entre los animales, el “animal” más extraño en el “hombre” es lo que Zarathustra denomina repetidas veces “animal interior” (das innere Vieh), lo más “salvaje” con respecto a lo humano, ya que es lo que hace evidente que somos devenir, y no regularidad (o que si somos regularidad, esa regularidad es una ficción inútil).

“The Northman” es un espejo oscuro donde vemos reflejada nuestra animalidad, donde la “regularización” y “administración” propias de la identidad humana se ven amenazadas por los peligros del salvajismo. En el mundo de Amleth no hay lugar para lo humano, la tragedia de devenir animal es la única verdad.

Algunas referencias

“Conan el bárbaro” (1982), Frank Frazetta, Ivan Shishkin, Caravaggio y Saxo Grammaticus, son solo algunas de las influencias literarias y visuales que coexisten en la historia escrita por Eggers y Sjón (Lamb, 2021).

Inmediatamente, salta a la vista el uso dramático del claro-oscuro y el naturalismo de Caravaggio:

Destacan también las influencias artísticas de la baja Edad media. Específicamente de la obra de Giotto y su «Lamentación sobre Cristo muerto».

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