Si existe la figura de un escritor de culto contemporáneo, esta debe estar ocupada por Thomas Ligotti. Durante mucho tiempo Ligotti permaneció en las sombras del semi-anonimato, como un escritor de nicho en la escena del horror. Después del estreno de la primera temporada de “True Detective” (2014) su fama fue in crescendo. Pues se sabe que Nic Pizzolatto, creador y guionista de la serie, retomó párrafos (casi) literales de una de sus obras ensayísticas: “Conspiracy Against the Human Race”.

La imagen de Ligotti todavía se encuentra, afortunadamente, velada por una niebla de misterio. Las fotos suyas que existen en internet se pueden contar con los dedos de la mano, básicamente se mantiene fuera del foco público. De su vida personal se sabe poco, lo necesario para mantener la imagen mítica del escritor atormentado. Sus frecuentes ataques de ansiedad y depresión han puesto su salud en vilo. Condición bien aprovechada, pues desde esa vulnerabilidad que se abre a la más terrible sensibilidad, Ligotti proyecta un horror que nace desde su dimensión más genuina, su ser-ahí, su Dasein.

Aunque al propio Ligotti no le gusta la etiqueta de “nihilista”, su horror no puede comprenderse al margen del pesimismo y el nihilismo. Pero lo que resulta más llamativo en su obra no es solamente la articulación con estos conceptos existenciales, sino su imbricación con las dimensiones ontológicas y epistemológicas del horror.

En su ya mencionado ensayo crítico, “Conspiracy Against the Human Race”, Ligotti se coloca en sintonía con uno de los filósofos más encumbrados y relevantes de la modernidad, ataviándolo de oscuros y terribles ropajes: Immanuel Kant.

Generando relaciones donde parecería no haberlas, Ligotti eleva el horror a sus dimensiones epistemológicas, haciendo palpable aquello que Noel Caroll había mencionado en su teoría filosófica: que el horror es principalmente un asunto epistemológico.

Para Noel Carroll, el mérito del horror consiste en confrontar y fracturar las categorías conceptuales con las que ordinariamente pensamos el mundo. A través de la paradoja, el horror consigue colapsar las atribuciones que de ordinario hacemos a la realidad. El muerto-vivo; el hombre-lobo; el doppelgänger (lo que es uno y dos al mismo tiempo); las biologías fantásticas, entre otras criaturas paradójicas y contradictorias, nos muestran lo susceptible y volátil que puede ser nuestra comprensión del mundo, la cual es puesta en riesgo cada vez que aparecen los monstruos y su abyecto horror.

Al igual que Caroll, Ligotti no teme utilizar conceptos filosóficos para dar tratamiento a las cuestiones más fundamentales del horror. Pues el horror supernatural, afirma Ligotti, es una experiencia ontológica. Esto significa que el horror no puede reducirse a su dimensión psicológica y emotiva. Las paradojas vivientes (marionetas que cobran vida, autómatas, zombis, etc.) no solamente nos provocan miedo y angustia, sino que niegan por completo el fisicalismo natural y afirman un caos metafísico. De ahí que Ligotti afirme que solamente los cínicos pueden crear verdadero horror, pues para hacerlo hay que negar los principios más fundamentales de la vida.

Abrevando directamente de Immanuel Kant y Lovecraft, Thomas Ligotti asume que nuestra consciencia y conceptos son la prisión que nos impide conocer el mundo como es en sí mismo. Para Kant, nuestro conocimiento siempre es conocimiento de los fenómenos, es decir, de las cosas tal y como se aparecen ante nuestros sentidos y conceptos. Solamente conocemos el mundo a través del filtro de nuestras categorías y nuestra sensibilidad. Cómo sea el mundo “realmente”, al margen de estos conceptos, es algo que no podemos conocer. A este elemento incognoscible, que está más allá de la determinación de nuestros sentidos, Kant le denominó “cosa en-sí”. Y al mundo fenómenico, aquel moldeado por nuestros conceptos y sentidos lo podemos llamar “mundo para nosotros».

El horror es la asimetría que existe entre el mundo de la “cosa en-sí” y el «mundo para nosotros”. Dicho de otro modo, detrás del mundo moldeado por nuestros sentidos y categorías, existe un mundo “en sí mismo” incognoscible, pero que determina y condiciona el «mundo de nuestros sentidos”. Para Kant, la cosa en sí era un requerimiento neutro que a pesar de ser incognoscible, funciona como fundamento del conocimiento y la realidad. Para Ligotti, la “cosa en sí” no es únicamente un requerimiento epistémico, sino una fuerza maligna que impregna la Totalidad del universo y que constantemente irrumpe en el “mundo para nosotros”, reclamando su lugar en nuestra realidad, o al menos, que creíamos nuestra.

De la misma manera que Kant dividió al mundo en “mundo para nosotros” (lo fenoménico) y el “mundo en sí mismo” (la cosa en sí), Ligotti separa al mundo de la conciencia, el “mundo para nosotros», de un un mundo terrible, el “mundo en sí mismo”. Cabe señalar que este “mundo para nosotros” no existiría sin su contraparte, el “mundo en sí mismo”. El verdadero horror asoma cuando nos damos cuenta que lo único real es el “mundo en sí mismo”, y que el mundo que hemos construido para nosotros no es más que la proyección de una sombra.

Por eso, la humanidad ha creado ídolos, ideales y demás artilugios, para permanecer siempre en el mundo para nosotros y evitar ese encontronazo con la realidad en sí. La conciencia no puede tener otra explicación para Ligotti que la de ser un mecanismo de sobrevivencia cuya utilidad radica en abstraernos del mundo en sí mismo. En el momento que podamos trascender los límites de nuestra conciencia y contemplar el mundo en sí mismo, no sobreviviremos a los horrores metafísicos que constituyen la fuerza vital del universo. Por eso preferimos permanecer detrás del velo.

Y es justo en este punto donde el horror de Ligotti se articula con la obra de Lovecraft. Pues resulta imposible no asociar todo lo dicho anteriormente con la afirmación hecha por el solitario de Providence en “La llamada de Cthulhu”:

“Vivimos en una isla de plácida ignorancia, rodeados por los negros mares de lo infinito, y no es nuestro destino emprender largos viajes. Las ciencias, que siguen sus caminos propios, no han causado mucho daño hasta ahora; pero algún día la unión de esos disociados conocimientos nos abrirá a la realidad, y a la endeble posición que en ella ocupamos, perspectivas tan terribles que enloqueceremos ante la revelación, o huiremos de esa funesta luz, refugiándonos en la seguridad y la paz de una nueva edad de las tinieblas”.

El horror de Ligotti funciona como una máquina abstracta que establece nuevas relaciones entre elementos en apariencia disociados. Kant, Schopenhauer, Hegel, Lovecraft, Machen, Chambers, se entremezclan para dar lugar a una concepción del horror que trasciende los topos psicológicos y se instaura en el corazón de la realidad y nuestro conocimiento, en la ontología y la epistemología más básica y primordial.

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