Topofobia: historia y política del Folk-Horror

El uso de las comunidades rurales como espacios que contrastan con la urbanidad y sus valores, es una característica fundamental del “Folk-Horror”.
Para la Dra. Dawn Keetlye, el término “Folk-Horror” es bastante nuevo en el discurso académico, aunque su uso consciente se remonta a la descripción que el director Piers Haggard hiciera de su propia película, “The Blood on Satan’s Claw” (1971). Aunque no existe una definición única de “Folk-Horror”, en el libro “Folk Horror: Hours Dreadful and Things Strange”, Adam Scovell identifica tres características fundamentales en la mayoría de estas narrativas:
1) Una ubicación rural;
2) el uso del folclore para evocar un sentido de lo inquietante y lo extraño; y
3)un choque entre lo arcaico y lo moderno.
El auge que el “Folk-Horror” ha tenido en los últimos años es un reflejo del temor que las sociedades urbanizadas sienten por los parajes rurales, sus costumbres y sus sistemas de valores. Pues estas narrativas afirman una división política entre las comunidades urbanas y las rurales, donde las primeras sufren el “salvajismo” de las segundas.
El temor que nos provoca el “Folk-Horror” no se fundamenta únicamente en la aparición de un “monstruo”, sino en el choque de dos comunidades y conjuntos de valores profundamente en conflicto.
La ruralidad que se proyecta en las narrativas del “Folk-Horror” involucra casi siempre a un grupo aislado que existe al margen de la sociedad, una moral sesgada o sistemas de creencias que desafían las normas sociales aceptadas, así como también una invocación o evento que provoca acciones sobrenaturales o violentas.
Adam Scovell reconoce que no todas las películas consideradas “Folk-Horror” se adhieren a las características que señaló. Por lo que, en lugar de cumplir con criterios estrictos, el subgénero se entiende mejor como evocador de un cierto estado de ánimo o atmósfera arraigada en nuestros más profundos temores culturales.
El “Folk-Horror” plantea espacios ubicados fuera de las operaciones capitalistas, en los que se amplifican desconcertantemente los aspectos más macabros de la naturaleza y la cultura no urbana, donde la sangre y el sacrificio forman parte del intercambio cultural.
El “Folk-Horror” construye un espacio político en el que lo rural se proyecta como amenaza espiritual y física. En una suerte de geografía hostil, el “Folk-Horror” genera una sensación de topofobia: “experiencias de espacios, lugares y paisajes que de alguna manera son desagradables o inducen ansiedad y depresión”. En esencia, las geografías rurales se asumen como espacios problemáticos debido a su aislamiento y atraso, lo que respalda la idea de que la modernización es tanto opuesta a la identidad de las comunidades rurales como rechazada por ellas.
No resulta descabellado pensar que el horror que provoca la ruralidad radica en la marginación social y política, en la contracción de su economía y la ausencia de ley; la escasez de recursos básicos como hospitales, consultorios médicos, bibliotecas y escuelas; comunicaciones restringidas, disminución de los servicios de transporte público y falta de comunicaciones. El uso de las comunidades rurales como espacios que contrastan con la urbanidad y sus valores, es una característica fundamental del “Folk-Horror”.

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