“The Walking Dead” (TWD) tiene la contradictoria peculiaridad de ser una de las mejores series de zombies en la historia, pero también -al mismo tiempo- ser la peor serie de zombies en la historia: tramas innecesariamente largas, pésimo CGI, extras que aparecen de la nada solamente para morir y personajes para el olvido, entre otros defectos.

Sin embargo, TWD es una serie que desde sus inicios ha sabido plantear agudos problemas éticos, filosóficos y existenciales en un escenario postapocalíptico donde los zombies son lo de menos. Pues el verdadero infierno son los otros, el hombre es el lobo del hombre y nadie puede causarte mayor daño que el prójimo. La cuestión que da sentido a TWD es aquella que Camus denominó como la cuestión fundamental de la filosofía: juzgar si acaso la vida vale o no la pena. ¿En el mundo postapocalíptico de TWD qué sentido tiene empeñarse en conservar la vida? ¿por qué luchar? por qué vivir? ¿Por qué no elegir el suicidio o la exterminación?

Los fans de la serie hemos vivido grandes decepciones, pero también estamos esperanzados después de una temporada 9 fantástica producida por Angela Kang, una temporada 10 regular y una temporada 11 que avanza bien, hasta ahora, aunque a la distancia existen serias dudas. Muchas cosas se pueden decir sobre TWD a un nivel analítico y filosófico. Pero en lo siguiente vamos a centrarnos en la figura de Rick Grimes, quizás uno de los padres fundadores de la nueva civilización, como un caso típico del “Sísifo postapocalíptico”.

TWD retrata la futilidad de la lucha humana en un mundo sin sentido, en otras palabras, es un teatro del absurdo donde los protagonistas se esfuerzan una y otra vez por conservar los vestigios de su extinta humanidad, por encontrar un sentido a sus vidas y aferrarse desesperadamente a él, sabiendo que la muerte estará siempre presente a la hora de valorar cualquier opción o preferencia.

Los antagonistas de la serie se manifiestan en clave ética: son los que han abandonado sus códigos morales tradicionales para adaptarse a la nueva realidad. Esto provoca que la serie tenga también un aire bastante conservardor, donde Rick Grimes y su grupo se ciñen a los valores tradicionales de la civilización occidental (a veces, pues hemos visto como su grupo ha cambiado y regresado a este sistema de valores una y otra vez). Cuando aparece un antagonista con un sistema de valores diferente al tradicionalmente aceptado (canibalismo, poligamia, salvajismo, sadismo) este debe ser aniquilado a costa de lo que sea por Rick y su grupo, y así el orden civilizatorio pueda ser restablecido.

El hecho de que Rick Grimes viva en una constante tensión entre las demandas que le impone el mundo postapocalíptico y su sistema de creencias y valores, lo convierte en el continuador de un proyecto civilizatorio que, concretamente, intenta reunir a un grupo de comunidades (Hilltop, Alexandria, OceanSide, Kingdom) bajo un mismo código ético y generar canales de intercambio comercial y cultural. Estos intentos morales y sociales por conservar un proyecto civilizatorio esconden una verdad existencial: Rick Grimes es una especie de Sísifo que, con una nostalgia de unidad y apetito por lo Absoluto, se ve fracasar a sí mismo reiteradas veces en un mundo irracional que observa sus intentos y solamente guarda silencio.

La trama repetitiva de la serie: orden/caos/restauración refleja la manera en que Rick Grimes se sobrepone al sin-sentido de la existencia y a la negativa de toda esperanza humana, una y otra vez repetidamente. Como el castigo al que fue sometido Sísifo: empujar cuesta arriba por una montaña una piedra que, antes de llegar a la cima, volvía a rodar hacia abajo, repitiéndose una y otra vez frustrante y absurdamente hasta la eternidad.

Viviendo en el absurdo, bajo las limitaciones de sus escasas certezas, con un Dios ausente (la serie vuelve una y otra vez a este tópico) y teniendo siempre presente la posibilidad de la muerte, los intentos de Rick Grimes por conservar una civilización y sus valores éticos es inútil. ¿Entonces por qué se empeña? Porque rebelarse ante el absurdo se convierte en la única posición coherente, siendo esta una reivindicación del ser sin Dios, en un mundo que ahora es su responsabilidad.

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