El nihilismo del vampiro

El vampiro es un nihilista, pues desde la perspectiva de la eternidad todo lo demás pierde su valor.
Es archiconocida la obsesión de la sociedad occidental con la belleza y la juventud eterna. Y se sabe también que la figura del vampiro encarna esos deseos de manera monstruosa, pues muestra su lado más oscuro: la belleza y juventud eterna se sostiene sobre la insaciable sed del depredador. Pero hay otro aspecto terrible en las narrativas de vampiros que nos muestran el horror que se oculta debajo ese ideal de vida eterna: el hastío y el absurdo.
Todas las personas hemos experimentado alguna vez en nuestras vidas el hastío y el absurdo de la existencia, en mayor o menor grado. La certeza de que todas nuestras acciones en la vida carecen de sentido. Que al final no hay nada más que el hastío y la melancolía de la repetición, es algo que mortales e inmortales parecen entender por igual. Si la vida no es la respuesta, la inmortalidad tampoco parece serlo. Al final solo sobrevive la NADA.
La larga vida del vampiro es una prolongación innecesaria de los infortunios de la existencia. Pueden ser criaturas inmunes a los crucifijos, el ajo y las estacas, pero no pueden sobrevivir al tedio del tiempo y el hastío de la vida. Después de todo, todavía hay en ellos un resabio de mortalidad que se extiende y prevalece al paso de los años.

La conversión del vampiro

Al convertirse en inmortales, los vampiros esperan que todas las formas de su vida permanezcan fijas e incorruptibles, pero en realidad todas las cosas cambian con excepción de ellos mismos. Todo, salvo los vampiros, está sujeto a la corrupción, al cambio y al desgaste. Con ingenuidad, apenas logran vislumbrar que la inmortalidad no es más que la perpetuidad del fastidio.
En un pasaje de “Entrevista con el vampiro” Anne Rice expresa esta idea claramente: “Muy pronto, con esa mente inflexible, la inmortalidad se convierte en una condena penitenciaria, en un manicomio de figuras y formas que son desesperadamente ininteligibles y sin valor. Un atardecer, un vampiro se levanta y se da cuenta de lo que ha temido quizá durante décadas: QUE SIMPLEMENTE NO QUIERE VIVIR MÁS. Que cualquier estilo o moda o forma de existencia que le hiciera atractiva la inmortalidad ha desaparecido de la faz de la tierra. Y no queda nada que ofrezca la libertad de la desesperación. Y el vampiro sale a morir. Nadie encontrará sus restos. Nadie sabrá que ha desaparecido. Y muy a menudo, nadie a su alrededor sabrá que él está desesperado. Simplemente desaparecerá”.
Louis, el protagonista de la novela es la definición del héroe neogótico en el que se encarnan todos los valores del siglo del desencanto, el siglo XX. Su caída de la gracia y de la fe refleja también la caída del siglo. Es un hombre condenado en alma y cuerpo, que descubrió la verdad al final del camino: lo único que hay es desesperación.
Louis sufre todo el tiempo su condición de inmortal, y viaja al viejo mundo en busca de respuestas. Pero lo único que encuentra es la más grande de las ausencias: la ausencia de Dios, del bien y del mal. Y si Dios no existe, las vidas humanas son lo único que queda. Y, en tanto la vida humana carece de sentido, entonces solo nos queda (otra vez) la NADA.

La melancolía del vampiro

También Adam, el vampiro de Only Lovers Left Alive, dirigida por Jarmusch, es un vampiro agobiado por los dolores de la vida y su extensión a lo largo de los siglos. Como Lestat y Lois (todos varones, por cierto), su deseo de destruirse emana de la dilatación de la vida hasta la inmortalidad. Desde la nostalgia de la condición vampírica, toma forma y contorno el deseo de la muerte.
Cuando extiendes la vida hasta el fastidio, la desesperación se convierte en el último de los lujos: cada noche, los vampiros salen a alimentarse de otras vidas, así una y otra vez hasta la eternidad, hasta que por fin tienen el valor de terminar su agonía. El que se convierte en vampiro no escapa de la muerte. Por el contrario, extiende su muerte por los siglos de los siglos. La inmortalidad no es un regalo ni un don, es una sentencia. El vampiro es intrínsecamente un nihilista, ya que desde la perspectiva de la eternidad todo lo demás pierde su valor.

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